Mi primera vez

Esta mañana amaneció nublada en Hong Kong Island, y la humedad típica de este clima tropical, a la vista acuartelada de edificios desde la ventana de mi hotel, me producen una sensación un poco opresiva. Sé que pasará pronto, cuando llegue la hora que he reservado para recibir un masaje revitalizador.

En Hong Kong así como en cualquier otra ciudad de Asia es obligatorio recibir uno de esos masajes sea relajante, desintoxicador o vivificante. Aunque aconsejo busquen siempre un lugar recomendado, no sea que se lleven una desagradable sorpresa al ofrecimiento de un “happy ending”.

Mientras espero en esta nube un tanto melancólica, recuerdo mi primer viaje internacional en 2003. Tenía 24 años, y era corresponsal en Venezuela para el programa Primer Impacto de la cadena Univisión, por eso me tocó ir a la sede principal en Miami, Florida.

Nunca había salido del país, ni siquiera para Aruba o Curazao, que están tan cerca de la costa venezolana y que eran destinos populares por excelencia. Mi mamá me prestó dinero para que comprara el pasaje, había ya en esa época control de cambio en el país y tenía mi dinero represado.

Estaba emocionadísima, pero muy nerviosa. Estados Unidos no era definitivamente mi destino soñado, poco sabía del norte la verdad y de haber sido mi elección, me habría ido a Europa, pero me tocó “El Imperio”.

Corría el mes de abril,  tomé mi vuelo con American Airlines, un avión gigante. Las azafatas eran rubias y amables, yo tenía algunas amigas estadounidenses también amables y rubias. Era de noche, no pude dormir en el vuelo de cuatro horas. Demasiada adrenalina y sí que me gasté diez dólares en dos botellas mínimas de vino californiano. A esa edad no piensas en que tienes que guardar para alguna contingencia porque el cuerpo te da para dormir en donde sea.

Aprendí en ese viaje que cuando se vuela sobre la República Dominicana hay turbulencia. (Hasta el sol de hoy, cuando voy a Venezuela sé cuando he llegando a América por la turbulencia dominicana).

Para ese entonces, y para siempre, (porque no llegué a conocer la época de los aeropuertos libres de revisiones excesivas y de seguridades intrusas), el aeropuerto de Miami no era precisamente un lugar que diera la bienvenida a los Estados Unidos, ese país a donde todos quieren vivir. A los colombianos los revisaban extra y escuchaba a los que venían en mi vuelo decir, mira, esos vienen de Bogotá. Ese es el vuelo de Avianca. Como si se tratara de gente de otro mundo.

Sin embargo, entendía que hacía a penas un año y algo que habían derribado las Torres Gemelas en Nueva York. Parecía entonces que nunca más sonreirían. También sabía de la fama de las mulas, pero sentía empatía con ellos. No todos serán mulas, para que los traten como ganado, decía yo.

Por mi parte, estaba impresionadísima con la gran cantidad de gente en ese aeropuerto. El olor era tan particular. Olía a alfombra con ambientador de frutas. Ni un papelito en el suelo, en ese gran bloque relleno de una gran serpiente de gente que parecía el juego de mi celular Nokia: “snake”.

Yo llevaba una cámara de video que mi colega me había encargado entregara a su amigo, quien amablemente me hospedaría en Pembroke Pines. Yo feliz de tener en el lomo mi Porta-brace , (un bolso azul de una marca particular que usa la gente de televisión y fotografía), con la cámara de los disturbios. La llamábamos así porque era pequeñita, daba muy buena imagen y nos permitía grabar escondidos. Precisamente en Venezuela en 2003, había una ola de protestas callejeras que terminaban en violentos enfrentamientos que cubríamos en circunstancias bastante duras.

La cámara de los disturbios iba guardadita para que le hicieran servicio en Miami, pero lo que no sabía era que en ese bolso de los disturbios llevaba algo más. Aún no me daba cuenta.

Tal vez era la ansiedad en la cola para inmigración, pero inconscientemente me puse a cantar, desatinadamente:

“Don’t call me gringo, you fuxxn beaner
Stay on your side of that goddamn river
Don’t call me gringo, you beaner”.

Era el estribillo de la canción Frijolero de la banda Molotov que estaba de moda como una protesta a las políticas migratorias del impopular George W. Bush. Me doy cuenta de que estoy cantando y me callo, pero en la mente seguía. “No me digas beaner…” Y me digo

-Qué te pasa Flor Maritza (mi nombre completo), estás loca… Cállate que te van a oír! Cállate esa boca!

Buscando mi pasaporte y esos documentos que hay que presentar en la ventanilla, me doy cuenta de que en el bolso de los disturbios traía un spray pimienta!

Oh no! Y ahora quién podrá defenderme? Dije en mi cabeza, con una extraña reacción de risa y terror. Mierda! Traigo un spray pimienta! Voy a matar a mi amigo! Cómo se le ocurre no revisar! (En realidad, cómo se ME ocurre NO revisar, es lo correcto, pero tendemos a culpar siempre a los demás).

Imaginé que como en las Looney Toons, caricaturas de la Warner Brothers , se me dibujó una gran flecha verde en la cabeza titilando y sonando con un buzz de  Cash-in! “se lo ganó” Como que si en cualquier momento saldría el verdugo enmascarado de Don Francisco a tocarme la trompeta: Deportada!

El spray pimienta lo teníamos en el bolso como elemento de seguridad por si nos atacaban en las protestas. Para ese tiempo era popular que golpearan a los periodistas que cubrían los enfrentamientos entre opositores y oficialistas.

Tenía las piernas flojas. Lo que me quedaba era tranquilizarme y tratar de que no se me notara nada.

Es mi turno para entregar el pasaporte, el hombre de origen latino me pregunta en inglés lo de siempre. Yo no entendía por qué no quería hablarme en español, tantas preguntas que me sacaron un poco del pensamiento culpable. Le respondo con un poco de agresividad porque sentí que no era amable a propósito. Ahora ya sé que sólo estaba tomándose su puesto muy en serio. Así son los de inmigración. Un poco intimidantes sin necesidad.

Mi inglés era bueno, pero no perfecto y estaba nerviosa y tenía un pepper spray, quería decirle como una niña: -Señor, señor, me traje esto sin querer y en el aeropuerto de Venezuela no me lo quitaron.

Pero pensé “literalmente” en Pepe Grillo, la conciencia de Pinocho, cuando quería decirle al papá que el niño de madera se había ido de farra con un zorro -“No! Sería feo”. Un tipo con esa actitud me devolvería a Caracas sin escuchar razones.

Luego había rellenado mal la tarjeta amarilla de identificación y cuando la vio me dijo despectivamente “Qué es esto” Por qué escribiste ahí. Casi gritando y ahí fue que se me salió el monte… Y le respondí: – Bueno señor primero no tiene por qué hablarme así,  segundo, ahí no dice que no debe rellenarse, es la primera vez que vengo a este país y no sé cómo son las cosas.

Luego se quejó porque no había dicho en qué parte específica del estado me iba a quedar y yo de vuelta le peleé:

– Si yo escribo aquí que estoy en Miami y resulta que pasa algo y me estoy quedando en Boca Ratón, ustedes pueden decir que mentí. Definitivamente no hubo química entre los dos, y me estampó a penas 8 días para una estancia de siete. Pensé, igual qué me importa, ni que me quisiera quedar aquí. En todo caso uff! Qué alivio!  Nadie detectó mi pepper spray. Primer paso superado.

Pero cuando iba a sacar las maletas,  escucho que dos policías grandototes me llaman:

-Hey miss (señorita).

Uno era un moreno grandísimo, que seguro era jugador de fútbol americano y otro más claro parecía Robo-cop, con sus uniformes ajustados color azul marino..

Yo dije en mi mente, (muerta de susto), -ya me vieron por los rayos x inter-galácticos que los gringos tienen en todas partes!! Me descubrieron los pensamientos. La CIA. Ahora sí que estoy jodida! Me van a meter presa. Dios mío! Ayúdame! (Todo esto en la cabeza, ni un pestañeo de más en la superficie).

-Miss do you speak English? (Habla inglés?).

-Yes, (sí). Dije.

… Para dónde se dirige? – Preguntó el más claro mientras que el otro tenía una taza de café en la que se leía NYPD (Departamento de Policía de Nueva York), sentado al lado de un cartel que decía JFK.

Y yo… Bueno, aquí pues, a Miami. Con cara de no saber dónde estaba parada. Supongo que esa cara de tonta que tenía era visible a leguas.

-Usted no está en Miami. Dijo el hombrón.

-Cómo que no? Respondí con los ojos “pelados”, de sorpresa.

-No, usted está en el aeropuerto JFK de Nueva York.

Y yo…

-No, estoy en Miami.

-No miss… Y mis ojos iban de un policía al otro y contorné una mueca en la boca un poco nerviosilla… Como diciendo…  La cagada del pato macho! No puede ser! No no no…

Hasta que el moreno no aguantó y largó la carcajada.

Y les dije en perfecto español: “me `tas jodiendo”…

Y luego ya ellos en inglés con una gran sonrisa, casi disculpándose:

Era sólo una broma, Welcome to Miami. Bienvenida a Miami.

Aprendí mucho en esa primera vez, pero sobre todo que a viajar se aprende viajando…

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